Días convulsos son los que nos han tocado vivir, peores los ha habido, sólo necesitamos un poco de valor para ser felices. Y como ejemplo adjunto el post de un gran amigo, el que se creía "muy ojitos azules", que nos ha querido abrir parte de su mundo, de forma sincera y sencilla.
Hace 2400 años, Platón describía en su alegoría de la caverna una metáfora en la cual un grupo de hombres, encadenados desde su nacimiento, únicamente podían mirar hacia la pared del fondo de la caverna sin poder nunca girar la cabeza. Detrás de ellos, se encontraba una hoguera y la entrada de la cueva que daba al exterior. Por el pasillo del muro circulaban hombres portando todo tipo de objetos cuyas sombras, gracias a la iluminación de la hoguera, se proyectaban en la pared que los prisioneros podían ver. A falta de otro conocimiento, estos hombres encadenados consideraban como única verdad las sombras de los objetos, totalmente ajenos a la realidad de los objetos que las proyectaban y a la realidad existente fuera, al aire libre. Platón, continuaba la narración contando lo que ocurriría si uno de estos hombres fuese liberado y obligado a volverse hacia la luz de la hoguera, contemplando, de este modo, una nueva realidad. Una vez asumida esta nueva situación, el mismo hombre era conducido hacia fuera de la caverna, apreciando una nueva realidad exterior (hombres, árboles, lagos, astros, etc.) fundamento de las anteriores realidades. La alegoría acababa al hacer entrar, de nuevo, al prisionero al interior de la caverna para "liberar" a sus antiguos compañeros de cadenas, lo que según la historia no hacía más que conseguir que éstos se rieran de él, afirmando que sus ojos se habían dañado, cegados por el Sol. Empecinado, cuando el prisionero libre intentaba desatar y hacer subir a sus antiguos compañeros hacia la luz, Platón nos dice que éstos, molestos, llegaban al punto de matarlo.
Pues bien, tras el paso de un par de milenios, lo que en su momento era una metáfora empleada por Platón como referencia alegórica a un mundo sensible e inteligible, hoy en día se ha convertido en un fiel reflejo de nuestra realidad. Y lo ha hecho de una manera totalmente literal, tan literal que da miedo.
En las últimas décadas, todo ha ido muy rápido. Tras millones de años viviendo en este planeta como parte integrante de él, hemos pasado en tan solo 50 años a rediseñar totalmente nuestro mundo y la manera en que lo vivimos. De manera fugaz e imperceptible, nos hemos adentrado en las entrañas de la tierra, abandonando el aire fresco, la luz del sol, el ritmo de las estaciones...y lo peor es que no nos hemos dado ni cuenta.
Nos hemos introducido en la caverna del mundo urbano, donde las estalactitas y estalagmitas han sido cambiadas por hormigón y asfalto. La urbe se ha convertido en una burbuja, una "caverna" en toda regla, pero donde la roca ha sido suplantada por cartón piedra, moqueta de oficina y pvc. Al adentrarnos en nuestra vida "moderna", nos hemos alejado del medio natural y de la vida simple, asumiendo la normalidad de anormalidades como el tráfico, la individualidad, la prisa por llegar a ningún lado y el ruido que calla esa conciencia que nos pide encontrarle un sentido a nuestra vida. Hemos cambiado lo fundamental por toneladas de lo superfluo, y hemos alicatado y amueblado esa caverna con tiendas, centros comerciales y multicines, que nos hagan la estancia mas agradable y nos ayuden a colmar ese vacio incolmable. Y lo hemos hecho tan bien, que ya se nos ha olvidado lo que significaba vivir ahí fuera.
Hemos cambiado las cadenas de Platón por eso que llamamos "carrera profesional" y por un sistema de valores que equipara el éxito personal a la acumulación de objetos materiales. Si bien el dinero se inventó para dar libertad a las personas, hoy en día lo hemos convertido en nuestro grillete mas resistente. Ya no se trata de un medio, sino de un fin, pero un fin que nunca se alcanza, ya que por desgracia para nosotros "mas" o "mucho" son adverbios indefinidos que nos condenan a una frustración igualmente indefinida, donde la meta siempre se aleja y nunca se franquea al final de la carrera.
Sin darnos cuenta, desde el momento en que nacemos, vamos cediendo alegremente esa libertad absoluta con la que nacemos, y vamos invirtiendo nuestra vida, tiempo y ansias en incorporar a nuestras muñecas grilletes dorados y pesadas cadenas de plata: Compramos un gran coche y ya no salimos por miedo a que lo rayen; nos mudamos a casas mas grandes donde poder acumular mas objetos disponiendo al final de menos espacio; contratamos seguros mas caros para aliviar el creciente pavor de ser privados de tantas cosas como disponemos; dedicamos muchos años a formarnos y especializarnos profesionalmente perdiendo a los ojos de la sociedad todo "derecho" a hacer algo diferente si nos viene en gana; perdemos el sueño por no poder comprar ese nuevo aparato 100 gramos más ligero que el que ya tenemos; tiramos nuestro tiempo eligiendo entre miles de canales de televisión...Por si fuera poco, y como nada es gratis, para poder adquirir las cadenas y mordazas de oro más exquisitas y preciosas, seguimos canjeando nuestra mayor libertad (las horas de vida) por trabajos que no llenan el alma pero si la cuenta, y pasamos el tiempo mostrando con orgullo a los demás prisioneros lo bien que nos quedan puestas.
Las sombras de la alegoría han cambiado, pero también siguen estando ahí mismo. Encadenados, no podemos disfrutar de la asombrosa realidad y nos conformamos con sombras, con sucedáneos creados por nosotros mismos que nos despiertan los pocos recuerdos que aún nos quedan de las maravillas del exterior y que nos hacen la pérdida más llevadera. No solo buscamos sombras, sino que soñamos con ellas, las devoramos. Hoy en día vemos documentales televisivos como si retrataran la vida en otros planetas, donde aparecen osos polares virtuales que ahí estarán siempre en DVD pase lo que pase con los hielos. Desde nuestra cómoda caverna, nos embarcamos en juegos de rol donde asumimos la vida de seres "extra-cavernarios" y soñamos con mundos de fantasía donde montañas épicas, grandes desiertos e interminables bosques llenos de animales asombrosos son el escenario de aventuras llenas de noches al raso y de valores no monetarios como la amistad, el valor, el honor. Soñamos con la Tierra Media, con Avalon, con Hogwarts y Tatooine sin darnos cuenta de que a la puerta de nuestra caverna se encuentra un paraíso con los paisajes, luces, amaneceres, fenómenos y criaturas más asombrosas que podamos imaginar. Tan cortas son las cadenas, que ni siquiera podemos acercarnos a nuestros compañeros cautivos, y para comunicarnos con ellos debemos hacer uso de ordenadores o redes sociales donde la persona es cambiada por un avatar o imagen pixelada y el contacto humano es canjeado por un puñado de "me gustan" o de números en un marcador de seguidores.
En ciertas ocasiones, algunos de los prisioneros decidimos hacer una incursión al exterior, y abandonamos la caverna de manera fugaz. Acostumbrados a las tinieblas y a vivir en un mundo de sombras, salimos sin embargo al aire libre con gruesas gafas de sol, que filtran lo que vemos y reducen la brutalidad del choque que supone conocer la realidad. Nos apuntamos a viajes organizados a lugares donde conocemos la realidad extra-cavernaria, que nuestras gafas se encargan de descremar mostrando un mundo alicatado desde un camino balizado. Un camino desde el que fotografiamos a nativos disfrazados de nativos y hacemos safaris nocturnos en las "selvas" de las plantaciones de palma, donde comemos hamburguesas y pizza en la taiga boreal y disfrutamos del golf en los desiertos del Namib. Estas incursiones, fugaces, breves y realizadas por turnos, terminan casi siempre por acallar toda urgencia por abandonar la caverna y son más que suficientes para saciar las ansias de libertad, al menos por un tiempo. De vuelta a la caverna, nos colocamos de nuevo los grilletes con esa seguridad de haber visto y vivido todo lo visible y lo vivible. Tachado, hecho, "done that, being there". Hogar, dulce hogar.
Algunos sin embargo salen rana, o quizás sufren de reminiscencias del pasado que atormentan sus mentes. Se preguntan por qué cuando al mirar sus manos, no ven doradas alhajas incrustadas en piedras preciosas, sino grilletes, y por qué han perdido todo interés en las sombras proyectadas, siempre las mismas y de contornos borrosos. Se preguntan porque, si teniendo ya todo lo que deben tener para ser felices, no lo son. Un día, ante los atónitos ojos de sus compañeros, regalan sus grilletes, rechazan las gafas de sol que se les ofrecen y abandonan la caverna. Fuera, descubren el olor de la hierba húmeda, sienten el ruido de la brisa en las hojas de los árboles, descubren el ruido del silencio, cuentan uno tras otro amaneceres y atardeceres, descubren el color de la sombra de la Tierra, improvisan, exploran, descubren,... y viven. Ahí fuera, olvidan su complejo de bicho raro y descubren que no están solos, que hay más gente como ellos. Entre las caras que allí ven, descubren rostros conocidos de antiguos compañeros de cautiverio que un día desaparecieron de la cueva sin dejar ni rastro y que provocaron luto y desconsuelo entre sus habitantes. También descubren gentes "atrasadas" y "asalvajadas" que parecen claramente, y de manera "inexplicable" disfrutar plenamente de una vida en equilibrio con el medio y donde la felicidad no se mide con pertenencias, sino con felicidad misma. Nativos de las selvas, aborígenes de tez oscura, inuits de los hielos y habitantes de las estepas viven en comunión con la naturaleza, parecen formar parte de ella, dan lo que toman y toman lo que necesitan, viven vivencias y sienten sentimientos.

Tal es la revelación, tal es la intensidad de la experiencia de conocer ese mundo exterior, que como en la historia de Platón, el ex-cautivo vuelven corriendo a la caverna, sin poder esperar para contar la increíble historia a sus compañeros. Vuelve pensando que tal es la belleza y la satisfacción de estar ahí fuera, que tan pronto como sus ex-colegas de cautiverio le oigan, correrán a la salida de la cueva, entre gritos y expresiones de euforia...
Como en la alegoría platónica, el resultado no es el esperado. El ex-cautivo, cambiado, irreconocible y transformado, explica apasionadamente lo que ha vivido ahí fuera, y despierta emociones del todo perturbadoras entre sus compañeros. Algunos le escuchan con envidia y excitación, pensando en la gran suerte que ha corrido su compañero y lamentándose de su imposibilidad para seguir sus pasos, tantas son las alhajas que rodean su cuello, sus muñecas y sus tobillos, y tanto es el esfuerzo que les ha costado conseguirlas. Prefieren buscar excusas que les hagan conformarse con las sombras, que les convenzan de que la caverna, ya con moqueta y jacuzzi, no esta tan mal al fin y al cabo.
Otros, sin poder o querer creer lo que escuchan, prefieren pensar que su ex-compañero está loco, que el Sol le ha cegado los ojos y nublado la razón, y que todo lo que cuenta no son más que embustes e insultos a lo que tanto trabajo les ha costado construir. En ocasiones, llevados por la ira, llegan a matar a ese mensajero perturbador que amenaza con llenar la caverna de preguntas e inconformismo, e intentan a toda costa que ningún otro de sus habitantes abandone la cueva, para evitar que el problema se repita.
En ocasiones sin embargo, algunos, encandilados con las palabras que escuchan, deciden abandonar la caverna. A la vista de que con palabras solo no basta, y previniendo la incredulidad general a la vuelta de su excursión hacia la realidad, algunos fugitivos deciden coger una cámara de fotos con ellos, o un pedazo de papel y un lápiz, o una guitarra, o una cámara de video. Una vez fuera, maravillados, utilizan esos útiles no limitándose a retratar fielmente lo que ven, sino lo que sienten. Y crean fotografías, escritos, películas y canciones que ayuden a comprender no solo como son las cosas en el maravilloso mundo exterior, si no a comprender las emociones y sentimientos que esas maravillas despiertan al vislumbrarlas.
Aunque la verdad es aún desconocida para la mayor parte de la gente y la caverna esta aun hasta los topes, poco a poco más y más individuos sienten la necesidad de unirse a esos que, no contentos con lo que ven, o mejor dicho, con lo que no ven, deciden liberarse de sus cadenas y acercarse a la entrada de la cueva. Una vez allí, lo que ven desencadena un momento de revelación que les habrá cambiado para siempre. Y poco a poco, los que se dejan convencer convencen y las primeras grietas de la cueva comienzan a aparecer, por mucha escayola que algunos en su interior se empeñen en colocar.
Es con este grupo de parias que el humilde autor de este post se identifica e intenta cada día formar parte y convencer a otros de hacer lo mismo. Cargado con una cámara al hombro, intento todo lo que puedo "abandonar" la seguridad de la caverna, el mundo material, el mundo urbano, el mundo virtual, el mundo mundanal. E intento salir ahí fuera, "vivir vivencias" como diría el célebre alpinista Pérez de Tudela (otro paria que abandonó la caverna hace muchos años) y traerlas a la cueva para compartirlas con el resto de mis compañeros. Y lo hago, como en la historia de Platón, para intentar convencer a los que me rodean de que no es oro todo lo que reluce, o de que hay cosas que relucen mucho más que el oro. Convencerles de que lo superfluo nunca colmará la necesidad de lo necesario, y de que eso tan necesario no estará ahí para siempre si no lo valoramos en su justa medida. Convencerles, por otro lado, de que se puede soñar despierto y de que el Paraíso se encuentra, al fin y al cabo, a la entrada de la cueva. Y mientras tanto, se me ocurre que quizás para asegurar el éxito en mi tarea, necesite esa mejor cámara que acaba de salir al mercado, o comprarme ese otro trípode, hacer ese aun más exótico viaje...y me pregunto, no estaré intentando volver a la caverna, sin darme cuenta?
Rafael Rojas
Fotógrafo de la naturaleza e Ingeniero de Caminos "retirado a los 30"