domingo, 17 de febrero de 2013

EL SUEÑO DE PODER ESCONDERSE Y NO SER VISTO POR NADIE

En los tiempos que corren estoy seguro que a más de uno le gustaría poder parar el tiempo, incluso dar marcha atrás al reloj, poder arreglar ciertos deslices cometidos, corregir esa avaricia desmedida e incluso la falsa creencia de que nada ni nadie puede tocarnos. Pero claro, la realidad es la que es, y todavía no se puede viajar al pasado.

Otra posibilidad sería esconderse, desaparecer, que no te puedan encontrar ni los jueces, ni la prensa, ni la policía, ni tu mujer. Este sistema puede decirse que es más realista, aunque tampoco es sencillo, pasaportes de por medio.

Supongo que para nadie será difícil pensar en posibles candidatos. Los Urdangarían, Torres, Bárcenas, Sepúlveda, y ahora la última celebrity Pristorius. Pobres de ellos, todo el mundo hablando sobre sus intimidades como si de fascículos de una novela barata se tratara. A caso ya no puede uno ir a Canadá a esquiar si le apetece? Es un pecado saludar a tu cuñado, príncipe él, cuando la selección española de Balonmano gana su segundo mundial?

Por mi parte, por aquello de ayudar, y porque estoy un poco harto de la “presunción de inocencia” de algunos, o de la hipocresía de casi todos, me gustaría compartir con vosotros un cuento de los hermanos Grimm, los cuales como sabréis están muy de moda por su 200 aniversario. El cuento se llama “la liebre de mar”, y creo ilustra lo que se puede llegar a hacer cuando uno se encuentra desesperado, y que de una u otra manera todos alguna vez llegamos a sentir. La necesidad de esconderse,…, la posibilidad de lograrlo:

“Érase una vez una princesa que tenía en el piso más alto de su palacio un salón con doce ventanas, abiertas a todos los puntos del horizonte, desde las cuales podía ver todos los rincones de su reino. Desde la primera, veía más claramente que las demás personas; desde la segunda, mejor todavía, y así sucesivamente, hasta la duodécima, desde la cual no se le escapaba nada de cuanto había y sucedía en sus dominios, en la superficie o bajo tierra. Como era en extremo soberbia y no quería someterse a nadie, sino conservar el poder para sí misma, mandó pregonar que se casaría con el hombre que fuese capaz de ocultarse de tal manera que ella no pudiese descubrirlo. Pero aquel que se arriesgase a la prueba y perdiese, sería decapitado, y su cabeza, clavada en un poste. Ante el palacio se levantaban ya noventa y siete postes, rematados por otras tantas cabezas, y pasó mucho tiempo sin que aparecieran más pretendientes. La princesa, satisfecha, pensaba: “Permaneceré libre toda la vida”. Pero hete aquí que comparecieron tres hermanos dispuestos a probar suerte. El mayor creyó estar seguro metiéndose en una poza de cal, pero la princesa lo descubrió ya desde la primera ventana, y ordenó que lo sacaran del escondrijo y lo decapitasen. El segundo se deslizó a las bodegas del palacio, pero también fue descubierto desde la misma ventana, y su cabeza ocupó el poste número noventa y nueve. El menor se presentó entonces ante su alteza, y le rogó que le concediese un día para reflexionar y, además, la gracia de repetir la prueba tres veces; si a la tercera fracasaba, renunciaría a la vida. Como era muy guapo y lo solicitó con tanto ahínco, la princesa le dijo: —Bien, te lo concedo; pero no te saldrás con la tuya. Se pasó el mozo la mayor parte del día siguiente pensando el modo de esconderse, pero fue en vano. Cogiendo entonces una escopeta, salió de caza, vio un cuervo y le apuntó, y cuando se disponía a disparar, el animal le gritó: —¡No dispares, te lo recompensaré! Bajó el muchacho el arma y se encaminó al borde de un lago, donde le sorprendió un gran pez, que había subido del fondo a la superficie. Al apuntarle, el pez exclamó: —¡No dispares, te lo recompensaré! Le perdonó la vida y continuó su camino, hasta que se topó con una zorra, que iba cojeando. Disparó contra ella, pero erró el tiro, y entonces le dijo el animal: —Mejor será que me saques la espina de la pata.  Él así lo hizo, aunque con intención de matarla y despellejarla; pero el animal dijo: —Suéltame y te lo recompensaré.

El joven la puso en libertad y, como ya anochecía, regresó a su casa. Al día siguiente había de esconderse; pero por mucho que se quebró la cabeza, no halló ningún sitio para ello. Fue al bosque, al encuentro del cuervo, y le dijo: —Ayer te perdoné la vida; dime ahora dónde debo esconderme para que la princesa no me descubra. Bajó el ave la cabeza y estuvo pensando largo rato, hasta que, al fin, graznó: —¡Ya lo tengo! Trajo un huevo de su nido, lo partió en dos y metió al mozo dentro; luego volvió a unir las dos mitades y se sentó encima. Cuando la princesa se asomó a la primera ventana no pudo descubrirlo, y tampoco desde la segunda; empezaba ya a preocuparse cuando, al fin, lo vio, desde la undécima. Mandó matar al cuervo de un tiro y traer el huevo; y, al romperlo, apareció el muchacho: —Te perdono por esta vez, pero como no lo hagas mejor, estás perdido. Al día siguiente se fue el mozo al borde del lago y llamando al pez, le dijo: —Te perdoné la vida; ahora indícame dónde debo ocultarme para que la princesa no me vea. Reflexionó el pez un rato y, al fin, exclamó: —¡Ya lo tengo! Te encerraré en mi vientre. Se lo tragó y bajó a lo más hondo del lago. La hija del rey miró por las ventanas sin lograr descubrirlo desde las once primeras, con la angustia consiguiente; pero desde la duodécima lo vio. Mandó pescar al pez y matarlo, y, al abrirlo, salió el joven de su vientre. Resulta fácil imaginar el disgusto que se llevó. La princesa le dijo: —Por segunda vez te perdono la vida, pero tu cabeza adornará, irremisiblemente, el poste número cien. El último día, el mozo se fue al campo, descorazonado, y se encontró con la zorra. —Tú que sabes todos los escondrijos —le dijo—, aconséjame, ya que te perdoné la vida, dónde debo ocultarme para que la princesa no me descubra. —Es difícil —respondió la zorra poniendo cara de preocupación; pero, al fin, exclamó: —¡Ya lo tengo! Se fue con él a una fuente y, sumergiéndose en ella, volvió a salir transformada en comerciante de ganado. Después hubo de sumergirse, a su vez, el muchacho, reapareciendo transformado en liebre de mar. El mercader fue a la ciudad, donde exhibió el gracioso animalito, reuniéndose mucha gente a verlo. Al fin, bajó también la princesa y, prendada de él, lo compró al comerciante por una buena cantidad de dinero. Antes de entregárselo, dijo el comerciante a la liebre: —Cuando la princesa vaya a la ventana, escóndete bajo la cola de su vestido.   

Al llegar la hora de buscarlo, la joven se asomó a todas las ventanas, una tras otra, sin poder descubrirlo; y al ver que tampoco desde la duodécima lograba dar con él, le entró tal miedo y furor, que, a golpes, rompió en mil pedazos los cristales de todas las ventanas, haciendo retumbar todo el palacio. Al retirarse y encontrar a la liebre debajo de su cola, la cogió y, arrojándola al suelo, exclamó: —¡Quítate de mi vista! El animal se fue al encuentro del mercader y juntos volvieron a la fuente. Se sumergieron de nuevo en las aguas y recuperaron sus figuras reales. El mozo dio gracias a la zorra, diciéndole: —El cuervo y el pez son unos aprendices comparados contigo. No cabe duda de que tú eres la más astuta. Luego se presentó en palacio, donde la princesa lo aguardaba ya, resignada a su suerte. Se celebró la boda, y el joven se convirtió en rey y señor de todo el país. Nunca quiso revelarle dónde se había ocultado la tercera vez ni quién le había ayudado, por lo que ella vivió en la creencia de que todo había sido fruto de su habilidad, y, por ello, le tuvo siempre en gran respeto, ya que pensaba: “Éste es más listo que yo”

Los cuentos siempre intentan enseñarnos algo, los de los Grimm sobre todo. La astucia para poder salvarse de una muerte cercana no tiene que ser siempre entendida en sentido literal. Existen muchas formas de muerte. El descrédito, la pobreza, la cárcel, una mirada de un hijo a un padre preguntándole si es cierto todo lo que de él se dice. Esconderse puede ser una buena solución, y algunos lo logran. Detrás de las faldas de su mujer, o detrás de las faldas de la casa Real son buenas opciones. Presumir de la información que se posee y que puede llevar a la ruina al presidente del gobierno o a tu partido político hasta hace poco son también formas de esconderse. Cada uno simplemente utiliza sus mejores armas, como en el cuento utilizó nuestro mozo al cuervo y al pez. Las víctimas no importan cuando el fin es grande. Eso es algo que muchos piensan.

Por mi parte prefiero dejarlo aquí, pues la náusea es tal, que me puede llevar a escribir algo de lo que pueda arrepentirme. De momento me quedo con el cuento, muy bonito desde mi punto de vista y seguro que por muchos desconocido.