Para muchos de nosotros las vacaciones de verano ya se han terminado. Los pocos y más afortunados, todavía disfrutarán de algunos días a lo largo de septiembre, días que son todavía largos y en los que la luz adquiere un tono especial al atardecer. Hace poco, un buen amigo mío, JEZ, me dijo que uno de mis post, “UN DÍA GRIS”, le había dejado cierta sensación de “bajón”. No era mi intención. Para recompensarle un poco y recordando todavía las vacaciones, el post de esta semana es más…“fresco”, con la intención de que aquel que quiera recuerde algo de su verano: los paseos por la mañana para comprar el periódico, el vermut de la una, la caliente arena en la playa,…, y con ello podamos llevarlo un poquito mejor hasta el año que viene.
El barco se mueve suave, muy suavemente.
Esta mañana nos hemos levantado con los primeros rayos de sol. Ayer lo organizamos todo: los refrescos, el agua, un buen vino blanco, algo de picoteo, unos sándwiches, lechuga y tomate, y por supuesto, unos helados. Hemos quedado a las 8:00 am en el puerto deportivo. Martín ha venido con sus hijos, Fernando, de seis años y Marcos, de nueve. Ambos son encantadores, además de buenos marineros. Además de Martín, Fernando, Marcos y yo, ha salido a navegar con nosotros mi mujer, Victoria. A ella le encanta el mar. Pocas veces la he visto perder la calma navegando, y la verdad siempre me he preguntado si se debe a que confía en mí o que tiene una conexión especial con el mar. Puede que sea algo de ambas cosas.
Martín lleva en España 5 meses. Antes estuvo casi seis años trabajando en Estados Unidos, en la zona de Nueva Inglaterra, cerca de Montpelier. A sus hijos les ha costado mucho el cambio. Al principio, cuando llegaron a “su nuevo colegio español”, lo que más les sorprendía y así se lo decían a Martín, era: “papá, papá, los niños en clase pegan”. Quién lo iba a decir, verdad. A Lucía, la mujer de Martín, el barco la marea, y mucho. Ya lo hemos intentado antes, y no tenemos biodraminas suficientes para ella. Al final lo pasa muy mal, tengamos olas o no. Lucía prefiere despedirse de nosotros en tierra firme. Tampoco se le presenta mal plan, zumo, café y bollos mientras lee tranquilamente el periódico en el café “L’eté” (el verano). Es un sitio muy agradable, no solo por el buen desayuno que puedes tomar, sino por la conversación de François. Nunca sabes que parte es verdad y que parte es mentira de lo que te cuenta. François llegó a España hace unos años y apenas nos dimos cuenta los habituales. Compró el antiguo café del puerto, lo limpió y lo pintó, dejó que el aire fresco y la luz volviera a entrar por sus ventanas. Hacía tiempo que en el viejo café no entraba tanta luz.
Como os decía, François apareció de la nada, con cierto halo de misterio: algunos decían que era un médico retirado, otros que había hecho fortuna en los negocios pero que había decidido retirarse joven y vivir de las rentas, los más soñadores veían en él a un antiguo miembro de la legión extranjera, cuyo pasado quería ocultar en ese nuevo café. La verdad es que fuera cual fuera la historia de François, a mí personalmente no me importa. Su café está demasiado bueno para querer saber más, y su conversación siempre me ha parecido sincera e inteligente. Además, alguien que ha leído a Céline, al menos merece mi respeto.

Hemos tenido suerte, el viento es constante y viene de levante, no muy fuerte, pero lo suficiente para disfrutar navegando. La sensación que tengo es muy especial, aunque ya la haya vivido antes muchas veces. Es difícil describir la libertad que te da algo tan antiguo y que los hombres llevan haciendo desde hace tanto tiempo como es navegar. Algunas veces salimos al mar sin una dirección fija, pero hoy es diferente. Quiero llevar a mis invitados a una de mis calas favoritas: Cala Trebaluger. Tardamos en llegar un par de horas, pero una vez allí, todo está tranquilo. Había pensado hacer un poco de snorkel con los niños y con un poco de suerte esperaba pescar algo. Siempre suelo llevar conmigo la pistola y los arpones, nunca se sabe. Además, la última vez que estuve por aquí me quedé con las ganas de coger un pulpo que al final se me escapó por los pelos. La verdad es que lo había visto Victoria, pero a ella le gusta más cuando todo está en la cazuela. Desde que lo ve hasta que llega a la cocina, eso es cosa mía. Dije que su relación con el mar era especial, ¿verdad? Creo que incluye no matar ningún pez o amigo de éstos que viva en el mar. En fin, de eso ya me encargo yo, siempre tiene que haber alguien haciendo el trabajo sucio.
La verdad, me siento muy bien aquí en el barco, que se mueve suave, muy suavemente.
La arena está caliente, muy caliente.
Esta mañana hemos decidido hacer una excursión. Cogeremos el coche e intentaremos visitar alguna playa cercana. La del hotel es bonita, pero siempre está llena de gente y la verdad es que algunos son un poco maleducados, por no decir algo peor. En el hotel tenemos pensión completa y la verdad es que pensé que el año pasado iba a ser el último. Además de ser algo aburrido, siempre termino engordando con esos buffets tan poco dietéticos, bueno, a lo mejor es tanta comida la que tienen que siempre acabo comiendo más de lo que me apetece.
La culpa es de Juan Luis, mi marido, que siempre quiere esos paquetes de agencia en los que te dan todo hecho: avión, recogida en aeropuerto, pensión completa, excursiones organizadas, actuaciones por la noche, vuelta al aeropuerto, avión y si les dejas,…, casi se te meten en la cama contigo. La verdad es que Juan Luis es muy comodón, pero hoy no le va a quedar más remedio que moverse. Al tener pensión completa, podemos pedir un picnic para llevar: un par de sándwiches, una manzana, un yogurt, agua y una especie de zumo. Menos es nada.
He estado mirando en la guía de viajes y recomiendan varias calas. Después de intentar llegar a un consenso con mi marido, algo que en principio parecía difícil, consigo salirme con la mía. Iremos a una cala que me recomendó una compañera de la oficina: se llama Trebaluger. El único problema es cómo llegar, porque la verdad es que en el plano de carreteras no me queda muy claro. Nos ponemos en marcha después de desayunar, a las 9:00. Hemos madrugado, pero al menos todavía no hace un calor excesivo. Recogemos nuestros paquetes de picnic, que por cierto van en una caja un tanto ridícula, y salimos hacia el coche. Más o menos creo saber por donde tenemos que ir, pero no estoy del todo segura, tendré que esmerarme como copilota o a Juan Luis hoy le da algo.
La velocidad media de estas carreteras debe ser 75km/h. Nadie tiene prisa, especialmente los locales. Algunas veces creo que la gente de aquí nos deja entrar en sus vidas lo que dura el verano, es la única concesión que hacen. El otro día, mientras estábamos echando gasolina cerca de un polígono industrial, me llamó la atención lo tranquila que estaba la empleada, se puso a hablar con nosotros, pero poco a poco fueron viniendo más coches, hasta cinco, y una moto y de repente se le cambió la cara. Empezó a agobiarse. No sabía si cobrarnos o ir a servir a otro cliente, si llamar al compañero, que debía estar en el servicio con sus aguas mayores, o salir corriendo. La verdad es que me dio un poco de pena. En invierno habrá días que a lo mejor atiende a 5 coches en toda una mañana, pero ahora era diferente, es verano.
Después de dar varias vueltas, meternos por un camino de tierra que terminaba en una granja, arañar el coche con unos pinos y discutir con un lugareño por meternos en propiedad privada, volvemos a la carretera, preguntamos en el primer pueblo que vemos y nos indican que tenemos que dejar el coche en un aparcamiento y andar hasta la cala. Bueno, así hacemos un poco de ejercicio, pienso. Juan Luis no piensa lo mismo. Dejamos el coche y nos ponemos a andar, casi son las 10:00 am y empieza a hacer calor.
Al principio el camino es ancho y fácil, vamos paralelos al mar siempre, alternando zonas de playa con acantilados. Sin embargo, poco a poco el camino se hace más angosto, hasta que en algunos tramos se confunde con los árboles y nos cuesta seguirlo. Llevamos cerca de 1 hora andando y Juan Luis comienza a preguntarme cuanto queda. Al principio bromeo con él, como cuando era pequeña, íbamos al pueblo y mis padres me decían: “ya se ve” o “quedan 5 pueblos”. Creo que le hace gracia, supongo que sus padres también se lo dirían a él. El terreno cada vez es más complicado, para ser más exactos más roca que tierra y nosotros con chancletas: malditas flip-flop! La verdad es que nunca pensé que íbamos a tener que hacer este camino. Ahora empiezo a preocuparme, porque tenemos que tener mucho cuidado por donde pisamos. ¡Si nos torciéramos un tobillo sería lo que nos faltaba!, pero con chancletas es algo muy, muy fácil si no vas con cuidado.
Juan Luis ya no tiene ganas de bromear, además se ha bebido su botella de agua y está más enfadado por ello. Decido guardar la mía, apenas he bebido un sorbito, puesto que me tocará compartirla con él. Cuando llevo 20 minutos pensando que a la vuelta del siguiente acantilado o del siguiente árbol estará la cala que buscamos, empiezo a pensar que puede que nos hayamos confundido de camino, pero no quiero compartir todavía mis pensamientos con Juan Luis, prefiero darme otra oportunidad.
A las 12:20am llegamos, por fin, a ver la cala Trebaluger. Es como en la guía de viaje, como en las fotos, es preciosa. Rápidamente le pido la cámara a Juan Luis, y me pongo a hacer un montón de fotos: con él, sin él, los dos, de un lado, de otro,…de todas maneras no quiero tentar mucho la suerte y creo que lo mejor es que nos bañemos cuanto antes.
Llegamos a la playa y estamos solos, bueno si no contamos a las gaviotas. En la cala hay un barco velero, es muy bonito. Veo un par de niños, y tres personas mayores. Parecen muy contentos, creo que han pescado algo y están celebrándolo. ¡Qué envidia! Extiendo mi toalla y me conformo con disfrutar de esta playa, solitaria, a la que tanto nos ha costado llegar.
Estoy feliz, mucho, aunque la arena esté caliente, muy caliente.
La recomendación de esta semana es de viajes. Para aquellos que no conocéis München, Munich para los españoles, durante las próximas 3 semanas se celebra el Oktoberfest (del 17 de septiembre al 3 de octubre). Es un festival especial, con mucha cerveza, nada barata por cierto, pero que merece la pena visitar al menos una vez en la vida. Eso sí, prepararos a madrugar. Si queréis entrar en una de las 11 tiendas oficiales (con capacidad para 1.000 personas aproximadamente) tendréis que estar allí sobre las 8:00 am, dispuestos a beber y mucho. Ya me contaréis…