Ya sé, ya sé, resulta complicado seguir los enlaces de éste, mi blog, pero hoy me gustaría pediros un poco de obediencia, aunque sea poca y utilicéis esos Smartphone que todos llevamos, ese Mac, o simplemente el ordenador de casa, para en primer lugar ver el video que adjunto: http://www.youtube.com/watch?v=Yoc2nZGpfz4
Gracias. Espero que mereciera la pena y a mí me sirva para poder contar una historia, bueno dos. Historias imaginadas, que podrían pasar entre nosotros y no nos habríamos dado cuenta. Porque la verdad es que a veces olvidamos fijarnos, la vida se nos escapa y las prisas nos obligan a avanzar, empujándonos adelante sin poder en ocasiones disfrutar, aunque sea de forma ligera de todo lo que nos rodea. Espero os guste.
Mi nombre es Fabrizio, y para algunos soy Fabrizio De André. Llevo dos años viviendo en España, a caballo entre Barcelona y Madrid. En invierno, prefiero Madrid, por su frio seco. En verano, sin lugar a dudas me quedo con Barcelona, y sus turistas. Conmigo llevo siempre mi violín. Y en él llevo mi alma, pues dentro la guardé y allí quiero que se quede. De profesión podría decirse que soy músico ambulante, aunque a mí siempre me ha gustado decir más que soy artista, sobre todo cuando es una bella mujer la que me lo pregunta. Si es fea, perdón, poco agraciada, directamente la digo que toco en el metro.
Como buen milanés que soy, estudié en el conservatorio de música Giuseppe Verdi de Milán. Para qué iba a irme más lejos. Estando cerca de la casa de mis padres todo era más sencillo. Desde muy pequeño mi madre quiso que aprendiera a tocar un instrumento. Al principio con apenas 8 años me llevó a estudiar solfeo y me puso en la mano, buenos en las manos, un violín. Nunca me he considerado un elegido en lo que se refiere a la música y su interpretación, y lo digo sobre todo porque alguno he conocido. Tampoco es que sea malo, es decir, era lo suficientemente bueno para con 18 años, entrar en el conservatorio y hacer la carrera de violín, la cual me permitió pasados 4 años, lanzarme a ganarme la vida como músico.
Al principio intenté hacer pruebas para varias orquestas. Probé todas las italianas, bueno hasta que me cansé: Fondazione Arena di Verona, I Solisti di Pavia, Orchestra Filarmonica di Udine,…, y por supuesto, la Filarmónica de la Scala. Digamos que había mucha competencia, los presupuestos de las orquestas cada vez son menores y la competencia era grande, sobre todo con músicos de más experiencia a los que habían re-estructurado en otros lugares. Al año de hacer pruebas, audiciones, ensayos, cubrir alguna baja, me di cuenta que necesitaba cambiar de aires. Ver gente nueva, para de alguna manera liberar la ansiedad que me parece estaba impidiéndome tocar, o al menos tocar como antes había hecho. Esto fue más o menos en septiembre del 2010. En mi país, Il Cavaliere, como a él le gusta decir, seguía en su nube, con declaraciones del tipo: “las mujeres en Italia hacen cola para casarse conmigo, pues soy simpático, tengo dinero y dicen que no lo hago mal, además piensan que soy viejo y que por tanto heredarán pronto”. Lo que no tengo tan claro era lo que él no hace tan mal, pero tampoco quiero imaginármelo. Ante semejante panorama me fijé en España, bonito lugar para dar una vuelta y buscar nuevas oportunidades. Luego me daría cuenta que aquí tenían otro iluminado por presidente…
Llegué directamente a Madrid, y lo primero que hice fue buscar un piso. Con 23 años recién cumplido, un pequeño colchón económico que mis padres me habían dado, y muchas ganas de conocer gente y tener nuevas experiencias, encontré un piso compartido,…, con 2 argentinas! La verdad es que no entiendo porque me aceptaron siendo chico, pero la cuestión es que yo tampoco quise decirlas que no. Me gustaba la casa, en la zona centro, por el barrio de las letras, y vivir en un cuarto sin ascensor no era el mayor de mis problemas. Con el tiempo, me daría cuenta que la falta de agua caliente en invierno, cuando uno no es francés y tiene la costumbre de ducharse todos los días era lo que más me molestaba. El maldito calentador, o mejor dicho el maldito de nuestro casero, fue de lo peor que he pasado en Madrid. Al menos el agua fría me despejaba y aclaraba la mente, un poco obtusa, cuando veía a Andrea, una de mis compañeras, desayunar ligera de ropa en la cocina, vamos en braguitas. Sí, la calefacción central funcionaba muy bien, no como el calentador de agua. Una cosa buena por otra mala. Mi otra compañera se llamaba Daniela y se apellidaba Verdi, como el ilustre. Ambas eran amigas de Buenos Aires, y tenían pasaporte italiano como yo, pues sus abuelos habían emigrado desde Italia. Siempre pensé que ese fue uno de los motivos por el que me admitieron en el piso. Mi escaso dominio del español me obligaba a hablar en italiano para comunicarme, el cual ellas a penas dominaban, pero querían por alguna extraña razón romántica practicar. Cosas de lenguas.
Mi búsqueda de trabajo por la capital tampoco fue sencilla. La crisis, también estaba en España, y bien establecida. Las noticias tampoco animaban a que a corto hubiera una mejoría. Probé en la orquesta sinfónica de la Comunidad de Madrid, en la de Madrid, en la RTVE, en la orquesta nacional de España,…, así hasta volver a cansarme de buscar. Parecía que si en Italia era difícil, en España ya era titánico.
Según bajaban mis ahorros, mi preocupación iba en aumento. No me apetecía volver a casa, a casa de mis padres. Estaba feliz, era feliz. Había conocido a gente en las diferentes audiciones que hacía, pues al final terminábamos siendo siempre los mismos. Para animarnos, en algunas ocasiones quedábamos a tomar algo, incluso nos avisábamos de nuevas pruebas que hubiera, con la esperanza de que alguno encontrara trabajo pronto. Ser consciente de que quería seguir viviendo en Madrid, me obligaba a buscar cómo ganar algún dinero para pagar mis gastos, que la verdad no eran muchos. El piso, bueno, mi habitación, me costaba 400€/mes, todos los gastos incluidos, y en comida no me gastaba más de 200€. La marcha nocturna, cuando la había, ya era otra cosa. Ahí se me podían ir otros 300€. La juventud, divino tesoro y loca cabeza.
Pasados nueve meses, allá por julio, necesitaba buscarme alguna fuente de ingresos, fuera la que fuera. Trabajar, aunque no fuera en la música era lo que necesitaba, pero cuál fue mi sorpresa: ni de camarero, ni en mudanzas, ni repartiendo publicidad. NO HABÍA TRABAJO. La primera impresión que tuve, debo reconocer, fue de miedo. Hasta la fecha no lo había sentido. Mis necesidades en gran medida habían estado cubiertas con poco y sobre todo con la ayuda de mis padres.
En ese momento, tuve un poco de suerte. A veces basta con una pizca.
.-la semana que viene pienso irme para Barcelona, allí pasaré el verano y casi seguro el otoño, tocando en la calle. Hace muy buen tiempo y los turistas son bastante generosos- Laura tenía un chelo precioso, pero cuando era una delicia verlos eran cuando estaban los dos juntos. La verdad es que nunca, por lo menos hasta la fecha, he llegado a saber lo que es estar enamorado, pero lo que os puedo garantizar es que por ella, y por su chelo, cerca estuve. Laura estaba decidida a irse para Barcelona. Nos habíamos conocido en las primeras audiciones que habíamos tenido, creo que fue en la de la orquesta de RTVE. Ella había ido varias veces a probar suerte, o a “echar ficha” como solía decir. Me gustó desde que la vi por primera vez. Con el tiempo habíamos coincidido en más pruebas, y en alguna de ellas habíamos terminado juntos, emborrachándonos, lamentando algún compas que sabíamos significaba un Nein en nuestra esperanza de encontrar trabajo. Me encanta ahogar mis penas junto a aquel chelo, pero sobre todo me encantaba hacerlo junto a su dueña.
Y como la vida es jazz, para algunos más que para otros, no quise pensarlo dos veces. Avisé a mis compañeras argentinas, las cuales lo lamentaron mucho, creo más por mi italiano que por mi dinero, y le dije a Laura que contara conmigo.- Cara Laura, con te alla fine del mondo- Yo creo que ella sabía que me gustaba. Eso siempre lo saben las mujeres, y sobre todo si son guapas. Siempre lo saben y se suelen aprovechar de ello.
Fabrizio, violinista con aspiraciones a tocar en la Scala de Milán terminaba tocando al lado de la Catedral de Barcelona, junto a una guapa chelista de nombre Laura. Cuando llevas toda la vida tocando, tu instrumento es parte de ti. Cuando la música es tu vida, tocar es una necesidad y que otros te escuchen una recompensa. Pero cuando tienes hambre y necesitas pagar el alquiler de tu casa, tocar y que te paguen por ello es suficiente. La verdad es que me lo pasé bien. Los turistas en Barcelona, dije turistas, nada de barceloneses, eran generosos. El tiempo una maravilla, sobre todo cerca de los muros de piedra de la catedral. La música sencilla, la que nosotros decidíamos y la exigencia era justa. Empezábamos sobre las 11:00 y tocábamos hasta las 14:00. Por la tarde volvíamos a las 18:00 hasta las 21:00. De media sacábamos unos 200€ para los dos, por lo que a veces tocábamos una semana y luego estábamos otra semana sin tocar, viajando cerca de Barcelona: Arenys de Mar, Blanes,…La playa, el sol y un ligero equipaje son una combinación perfecta cuando eres joven. Si además la compañía es buena, se puede decir que uno es afortunado. Aquellos meses los viví con cierta levedad, sin muchas preocupaciones, siguiendo el ritmo de Laura. Al principio la seguí el ritmo con mi violín, hasta que conseguí seguirla hasta su habitación. El calor, nuestra juventud, y el dinero fácil que ganábamos, nos permitían a ambos disfrutar de cada momento. Luego me di cuenta que ella disfrutaba más que yo, puesto que de los dos, más inocente yo, pensé que lo nuestro podía durar. Pobre inocente…
En nuestros conciertos al aire libre, como siempre me gustaba decir imaginando en Mozarteum de Salzburg, fuimos conociendo a otros artistas de la calle. Estaban los que llevaban un rollo más folk, otros se inclinaban por el tema de músicas del mundo, estaban los que hacían jam sessions, cantante incluido, y los que le daban al rollo más clásico como nosotros. La fauna de Barcelona es muy pintoresca, muchas nacionalidades, gente joven, sencilla y con ganas de ver mundo.
Un día de repente, sin esperármelo, Laura me dijo que se iba para Málaga.- Fabri, cariño- pues así me llamaba.- me voy a Málaga, creo que ahora que viene el otoño, intentaré presentarme a algunas audiciones por allí- Inocente de mí, le contesté.- vale, siempre quise conocer Málaga- Ahí fue donde me di cuenta que yo había estado enamorado de Laura y su chelo, mientras que yo sin embargo para ella, sólo había sido uno más. Laura me dijo que lo sentía, pero se iba sola. Su chelo necesitaba tocar junto con otros instrumentos. De verdad, utilizar esa metáfora para mandarme a paseo, todavía me tiene afectado. Laura se fue, Laura no está, como decía la canción de Neck, y yo me quedé en Barcelona con dos palmos de narices y un joven corazón tocado.
Al principio no salía de mi habitación. Tenía pereza hasta para ir a buscar comida. Algunos amigos que habíamos hecho por las calles de Barcelona venían a buscarme, intentando animarme. No tenía ganas de tocar, no tenía ganas de hacer nada. Era octubre, y empezaba a hacer peor tiempo. Un día me di cuenta que tampoco tenía mucho dinero. Las fianzas de nuestra relación las había llevado Laura. Ella era la que decidía los días que tocábamos y los días que nos íbamos a la playa. Ella también era la que decidía los días que quería hacer el amor, o los días que le dolía la cabeza. Visto así, con la distancia, parecía que había sido una marioneta en sus manos. El chelo siempre ha sido un instrumento complicado, a diferencia de mi violín, ese en el que todavía estaba guardada mi alma. La necesidad de comer, y tener un techo para dormir, junto con las ganas de tocar, me obligaron a salir.
El frio se notaba, sobre todo porque había estado lloviendo durante varios días y la humedad hacía muy difícil aguantar un rato en la calle. Mis dedos de artista necesitan calor. Además no había mucha gente, y los pocos que pasaban lo hacían deprisa. Un par de días después con apenas 25 € ganados y un principio de gripe, pensé bajar al metro. Al menos allí estaría más caliente y los clientes seguro que podrían escucharme mejor. Decidí colocarme en la estación del Passeig de Gracia, por aquello de buena zona, aunque la verdad es que había terminado allí de rebote, pues arriba, en la superficie, como llamamos los músicos de metro al mundo “superior”, había un bar donde me tomaba unos bocatas de pan con tumaca y jamón, que estaban de vicio. Descubrir el metro y su mundo interior, ha sido una experiencia para mí hasta la fecha.
Algunas veces, preparo el sitio en el que me voy a colocar, me siento en la silla plegable que llevo, saco el violín y observo a la gente que pasa. En ocasiones, he llegado a tirarme horas sin tocar nada. Ellos siempre fluyen rápidamente, y apenas se dan cuenta de mí, de que les observo. Veo parejas que van de la mano, mujeres solitarias, padres de familia que llevan una pesada carga, niños que van del colegio a casa, abuelas que quedaron para tomar café con las amigas, turistas con pesadas maletas, … , veo alegría, cansancio, tristeza, miedo o esperanza en sus caras. Les veo y me olvido que estoy allí para poder ganar unos euros con los que luego comer.
Con el tiempo me doy cuenta que muchos de ellos pasan a la misma hora, van o vienen del trabajo, normalmente con las mismas prisas. Algunos llevan todos los días el mismo abrigo, día tras día. Otros lucen trajes de buen corte y zapatos de marca. Los ahí que me miran al pasar y otros que me parece nunca se dieron cuenta que estaba allí. Una señora mayor, de unos 70 años, siempre pasa a las 18:00 justas y siempre me da 50 centimos. Me sonríe y me dice “bona tarda”. Cuando van a llegar las 18:00, si estoy tocando, intento concentrarme para ella. Me he dado cuenta que lo que más le gustan son los fragmentos de ópera. Cuando le toco algo de Puccini o Bizet me sonríe. Si le toco las cuatro estaciones de Verdi, a veces ni me da las buenas tardes. Es lo que tienen las cuatro estaciones, que están “muy usadas” como muchos de las personas que veo cada día pasar delante de mi violín, delante de mi alma.
En enero decidí volverme para Madrid. Echaba de menos la capital. Necesitaba terminar de olvidar a Laura. Volví al barrio de las letras, pero esta vez no compartí piso con mis argentinas, esta vez prefería algo más tranquilo y que me permitiera recomponer mi corazón. Ahora comparto piso con dos estudiantes. Uno está terminando ingeniería de Caminos, el otro derecho. Ambos son del mismo pueblo, de Soria, del Burgo, y me han prometido llevarme a una matanza a su pueblo. Me han explicado varias veces en qué consiste, pero todavía no me imagino, no consigo visualizar lo que tiene de divertido matar un cerdo, excepto por la parte en la que luego te lo comes. Mis compañeros se llaman Javier y Raúl. Se les ve que son buenas personas. A Javier, sobre todo cuando se ha bebido unas cervezas de más, le gusta pedirme que toque algo, lo que sea. La verdad es que me sube mucho la moral, pues siempre me dice que soy fantástico, que nunca escuchó a nadie igual, que pronto encontraré una plaza en una orquesta, que no me desanime, que siga buscando. Imagino que en el Burgo no debió conocer a muchos violinistas, pero la verdad es que gracias a él sigo probando en audiciones. En ellas he vuelto a encontrarme con algunos de mis antiguos colegas de gremio. Al menos en ellas Laura no está.
El metro de Madrid tampoco se me da mal, diría que casi mejor que el de Barcelona. Me suelo colocar en el intercambiador de Nuevos Ministerios, en el corredor que va de la Línea 10 a la circular. Prometo que he llegado a contar miles de personas pasando por delante de mí, tantos que me canso de contar. Aquí en Madrid las prisas son las mismas, las caras también. Aunque algunos catalanes piensen lo contrario, yo como italiano los veo iguales. Otra cosas somos los de Milán y los de Nápoles, eso es otra cosa, pero los de Madrid y Barcelona, son iguales. La gente tiene los mismos problemas, unos están en el paro, otros lo estarán pronto. A otros les bajaron el sueldo en un ERTE y todavía tienen que dar gracias, los más no saben qué hacer para llegar a fin de mes. Se nota que la gente está perdiendo la esperanza. En esos momentos intento tocar las piezas más alegres que conozco. Algunos incluso sonríen. Lo que me he dado cuenta es que cada vez el dinero y las monedas que me echan son menos y de menor valor. Cada vez tengo más monedas de 5 y 2 centimos. Al principio me fastidiaba. Ahora son las que más valoro pues pienso que detrás debe haber alguien que lo está pasando muy mal.
Desde hace tiempo hablo y leo un español decente. En casa leo la prensa italiana y europea. La cosa pinta mal, pero yo no quiero desilusionarme. La música es mi vida, aunque sea músico de metro y mi alma vaya dentro de mi violín. Este verano posiblemente vuelva a Barcelona, si no encuentro antes otra Laura que me lleve a otro sitio…pero al menos mantengo la esperanza, la de tocar en la Scala de Milán, la de que las personas que pasan por delante de mí en el metro tengan motivos para sonreírme.
Como dije, esta es la primera de dos historias. Al escritor, aunque sea aficionado, le gusta saber que otros le leen, como la gente que escuchaba a Fabrizio en el Metro. Espero que os apetezca leer la segunda historia y os emplazo a que si es así me lo digáis.
Esta semana vi la nueva película de Clint Eastwood: “Trouble with the Curve”. Buena, sencilla y muy del mundo Clint. No debéis perdérosla.